
Chaqueta negra, ojos hundidos. Un par de lentes resguardan sus ojos, un pantalón desgastado y un par de zapatos de tela. Estas eran las fachas de Carlos, un hombre de treinta y siete años. Quien en su pasado carga con una historia muy triste, que ni quisiera recordar. Tenía Veintitrés cuando a pesar de su buena educación, sus malas amistades lo llevaron en mala dirección, se metió en el mundo de las drogas y perdición. A pesar de que sus padres le dieron todo, él no lo supo valorar por la necesidad de las drogas.
Un día, decidieron robar un banco. En el suceso, uno de los empleados presionó la alarma y llenos de miedo comenzaron a disparar matando a 3 personas. Al percatarse del fracaso, decidieron huir. Sin embargo, con las investigaciones lo atraparon y lo sentenciaron a 40 años de prisión.
Ahora se arrepiente de lo que perdió. Después de tenerlo todo para que su futuro fuera ideal, no lo supo aprovechar. Hoy está en una reconocida cárcel de San Salvador, ahí lo apodaban “el Lobo”. Nunca revela su identidad porque su familia es muy conocida en la sociedad. En su mesa de noche, hay tres cigarros franceses, regalo de su último cumpleaños. La zona en la que está es la mejor, las instalaciones cuentan con los servicios básicos. Esto gracias a su familia. Aun así, sabe de todo lo que se está perdiendo por estar encerrado. Las zonas vecinas a la suya, poseen condiciones deplorables, la vida no vale mucho, el poder del más fuerte lo rige todo.
Un día como cualquiera, caminaba por los patios. Pasó por la zona de los condenados a cadena perpetua y sintió un olor a cloaca, un olor que jamás había sentido, sus nauseas no faltaron.
Desde una torre muy alta los guardias controlan todas las acciones mientras están en las áreas libres. Ahí se vive de todo, se come de todo, se escucha de todo y se ve de todo. Los pandilleros son los que controlan el lugar, convirtiéndose en una plaga que muchos quisieran exterminar. Su líder un “cabrón” que a todos los suele envidiar. Recuerdo un día que Carlos me contó una experiencia: - “Un día que me vinieron a visitar y me trajeron una dotación de cigarros, pensé que durarían, mas no recordé que en la cárcel todo se hace por resguardar tu vida, el líder de una pandilla me los vino a robar, me opuse y por eso tuve que pagar.
Recuerdo cuando me dijo que se los diera. Desde que se acercó, pude sentir un mal ambiente, aquel marero no era de fiar. Me dijo – “Hey bato todo mi barrio quiere fumar, así que te conviene que nos des los cigarros” - Yo me negué. - Esas quizás fueron las últimas palabras que Carlos me pudo contar. Una semana después de esto, la pandilla llegó a la celda de Carlos y decidió acabar con su vida. Lo amarraron con un lazo y lo asfixiaron hasta su muerte. A lo mejor quedará impune. Pues ¿qué castigo se le puede dar a alguien que ya está castigado? Es un asunto trágico pero no es ajeno a nuestra realidad. En nuestras cárceles muchas personas mueren por un simple capricho de algún otro recluso, esto es algo que los medio no suelen informar.
3 comentarios:
1
dijo...
Que bonito escribís :) y tenés razón ¿qué castigo se le puede dar a alguien que ya está castigado? probablemente lo pagué de otra manera. Buen escrito :)
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bryan q bien escribes enserio tienes una buena cohesion d ideas! f. julio H.
ResponderEliminarQue bonito escribís :) y tenés razón ¿qué castigo se le puede dar a alguien que ya está castigado? probablemente lo pagué de otra manera. Buen escrito :)
ResponderEliminargraciias por los comentarios Dianita y julio
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